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    viernes, 8 de marzo de 2013

    La montaña sagrada de los Vetones en Jarilla (Cáceres)

    Por Víctor Gibello
    VER TODA LA GALERÍA DE FOTOS DE PIEDRAS LABRADAS. / Autor: VÍCTOR GIBELLO

    Hay lugares que me llaman, de algún modo sé que me llaman. Cuando eso sucede, la convocatoria es tan irresistible que tengo que acudir rápido al encuentro. En similares términos se expresa Franco Battiato, que tantas veces me acompaña musicalmente en los viajes, en su canción Un irresistibile richiamo, incluida en su último trabajo, Apriti Sesamo.
    Este post está dedicado a un paraíso muy olvidado situado en el término municipal de Jarilla, un precioso pueblo del norte cacereño asentado a los pies de la Trasierra.
    Conocí Piedras Labradas, expresivo nombre con el que es denominado el lugar en la localidad, en la primavera del año 2001. Viví la mayor parte de aquel año en la comarca, mientras excavaba el yacimiento de Cáparra.

    Quién sabe, quizás algún día les hable de Cáparra, habría tanto que contar… Desde aquella primera vez he vuelto a Jarilla otras muchas, casi siempre por placer. Lo he visitado en las cuatro estaciones y a horas diversas, y en cada ocasión ha sido una experiencia fascinante.
    Regresé hace unos días. Piedras Labradas volvía a citarme,  me “pedía” que lo fotografiara en invierno, que lo diera a conocer, que compartiera con todos ustedes este tesoro ajeno a la velocidad de nuestro tiempo, anclado a un mundo que ya no es, pero del que todavía forma parte.

    Pregunté a un vecino por el camino de subida y su estado, más por el gusto de charlar que por la necesidad de información. Cuando ya marchaba, me llamó a voces: “para. Mira, te vas a llevar a éste, que es de fiar y va en tu misma dirección”.

    Apareció un joven cargando una guitarra. Se presentó como Peter. Su nombre y su acento no permitían confundirlo con un nativo. Charlamos amigablemente en el trayecto compartido. Me dijo que era belga, que, después de vivir algún tiempo en Madrid, había decidido quedarse en Casas del Monte, donde se ganaba la vida impartiendo clases de inglés.
    Le pregunté por su proceso de adaptación a la zona y por su vida allí, creo recordar que sus palabras fueron: “estoy muy contento, esto es maravilloso, la gente me trata muy bien. El único problema es que hay pocas mujeres, se marchan a la ciudad”.

    Peter se bajó en el desvío del camino hacia Casas del Monte, me agradeció la conversación y la subida en coche hasta allí. Continué hacia Piedras Labradas ascendiendo por una pista complicada en algunos tramos. El encinar del inicio se torna robledal según se asciende. El espectáculo en primavera es esplendoroso, robles tupidos dan sombra a manchas de helechos, multitud de flores crean un tapiz de colorido, salpicando con sus tonos el verde intenso de los prados.
    Prefiero bajarme del coche y continuar a pie. La subida a una montaña tiene siempre algo místico. El ascenso, la búsqueda de lugares elevados y solitarios alejados del mundo; el esfuerzo de la subida en pos del objetivo marcado, la renuncia a la comodidad. No quiero deslizarme hacia la metáfora de la ascensión espiritual, como ya hiciera Francesco Petrarca en la epístola en la que describe su subida al Monte Ventoso, pero el paisaje y el lugar se prestan a ello plenamente.

    Dejo atrás un último bosquecillo de robles dormidos por el invierno, el día soleado quiere sacarlos de su letargo estacional, y me adentro en una formación geológica singular creada para simular un escenario de otro tiempo: cientos, miles de rocas graníticas, que parecieran talladas para simular enormes seres antediluvianos, se disponen por el entorno. Estamos en una montaña mágica, cualquier cosa es posible.

    Buscando entre el roquedo descubro huellas ancestrales del paso del hombre y del uso del espacio como tierra sagrada. Algunas piedras ofrecen rastros evidentes de su uso como primitivos altares: escalones, receptáculos de los sacrificios, cubetas y canalillos tallados en el granito.
    Sigo adelante entre enormes bolos hasta alcanzar una meseta despejada circundada por un curioso vallado de sillares. La meseta se alza hasta los 1.062 metros de altura. Hacia el Este la protegen cumbres que se elevan por encima de los 1.500 metros. Hacia las restantes direcciones las panorámicas del Valle del Ambroz y de Tierras de Granadilla son espectaculares.

    En el centro de la planicie, rodeado de una mullida alfombra verde, está un templo romano abandonado hace siglos. No ha hecho falta una excavación arqueológica para poder contemplarlo. El edificio se orienta en sentido Este – Oeste, se configura a modo de nave rectangular, una cella sencilla carente de vestíbulo de entrada, debió ser cerrado con cubierta a dos aguas. Se conservan dos hiladas, la primera, de cimentación, que sobresale ligeramente con respecto a la cota de suelo actual, y la segunda, de alzado, con una base moldurada.

    En el interior y en el entorno circundante pueden verse numerosos bloques procedentes de su desmontaje en tiempos históricos. La cerca a la que me refería con anterioridad también se hizo con materiales procedentes del templo. Aquí aparece un sillar, allí una pieza del frontón, allá una cornisa con su moldura.

    El edificio debió tener unos tres metros de altura. La puerta de entrada, bien visible hacia el Este, tiene 1,4 metros de anchura, en su base se encuentra su imponente dintel monolítico de algo más de 2 metros de longitud.

    Hasta 2007 eran visibles varias aras junto al templo, la mayoría de ellas fueron robadas entonces, quizás poco después de ser trazada una pista que lleva hasta la cumbre. De ello informó el Diario Hoy. Se desconocen quién perpetró el robo y cuál ha sido el destino de estas piezas, un expolio más de los muchos que sufre nuestro Patrimonio cada día.

    Templos como el que se levantó en Jarilla se construyeron por todo el imperio. Un ejemplo similar, que nos ayuda a comprender perfectamente el volumen y configuración de Piedras Labradas, es el templete conservado en Alcántara, en la cabecera del puente, junto a la margen izquierda del río.

    ¿Cuáles son el origen y la función de este edificio sacro?
    Cuando Roma decidió someter manu militari la Lusitania, el espacio estaba ocupado por varios pueblos organizados en estructuras tribales y clánicas bien definidas. Este sector de la provincia de Cáceres, junto a tierras de Zamora, Salamanca, Ávila, Badajoz y Tras Os Montes (Portugal) pertenecía a los vetones, un pueblo de origen céltico al que se vinculan los famosos verracos como elementos identitarios.

    Los vetones sufrieron un terrible destino a manos de la “civilizada” Roma, fueron sometidos a dos procesos: uno de genocidio, pues buena parte de la población fue exterminada o esclavizada, y otro de etnocidio, ya que se aniquiló su cultura.

    Los terribles sucesos que acabaron con vetones, lusitanos y otros pueblos coetáneos han dejado poca huella en nuestra memoria histórica. Tristemente, tan solo ha pervivido la historia que los vencedores quisieron y el conocimiento que poseemos de aquellas gentes, nuestros ancestros, proviene de la propia Roma y de la distorsionada imagen que les interesó proyectar.
    En nuestros días, el Parlamento regional, eso que llaman la casa de la representación popular, aparece presidido por un mosaico romano en lugar de por un verraco, el verdadero signo de identidad regional, ¿tan poco conocemos nuestra propia historia o perpetuamos la mentalidad de sometidos heredada?

    En el entorno de Piedras Labradas hubo un nemetum, un lugar sagrado para los vetones desde la segunda mitad del primer milenio A. C. Allí, alrededor de las rocas de misteriosas formas, debió existir un espeso y antiguo bosque consagrado donde se veneraba a divinidades vinculadas a la naturaleza.

    En un claro de esta vieja selva, donde aún hoy nacen varias fuentes, se reunirían en fechas señaladas del año las gentes de la comarca para realizar sus rituales religiosos y asambleas en las que decidir sobre los principales asuntos de la comunidad. Ningún lugar mejor para ello que los árboles sagrados con los que se establecían lazos simbólicos y sentimentales desde el nacimiento hasta la muerte.

    Tras la conquista, Roma se apropió de todo. Los viejos dioses fueron asimilados a las deidades romanas y los lugares de culto fueron adaptados para ellos. En el bosque umbroso en que moraban los dioses vetones, en aquel templo natural no necesitado de obra humana para elevar plegarias y realizar sacrificios, Roma erigió un edificio religioso, sus restos son los que contemplamos, aunque se desconoce a quién estuvo dedicado.

    Inicio el descenso del cerro, y algunos manantiales están todavía helados. Me asomo a contemplar el valle. Al fondo, las sierras de Las Hurdes van adquiriendo ciertos tonos pastel. Por un momento imagino el lugar 2.500 años atrás, cierta melancolía me invade. Casi sin quererlo, me deslizo monte abajo, en mi mente canta Olga Sergeeva la canción tradicional rusa Kumushki.

    Fuente: http://blogs.hoy.es/paraisos-olvidados/
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