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    miércoles, 28 de noviembre de 2012

    El origen de los Guardianes: La infancia ya no es lo que era

    'El origen de los Guardianes' vuelve a reproducir en clave blanca la narración metatextual de 'Shrek' sobre los cuentos para niños 

    Tiempo atrás, la infancia fue un sitio bastante siniestro. Con esto no queremos decir que no lo siga siendo. Pero ahora lo es de otra manera. La gente del pasado vivía demasiado ocupada en sus cosas para dedicar más tiempo que el imprescindible a unas criaturas tan defectuosas, caprichosas y poco racionales como los niños. Y, por ello, se inventaron los cuentos. Pruebe a explicar a su hijo pequeño la manera correcta de apretar la pasta de dientes. Imposible. Ni siquiera son capaces de retener que hay que lavárselos. Ahora, imagínese un peligro mayor que una simple caries. Mucho mayor aún. De los de antes. En el pretérito, siempre imperfecto, no había psicólogos infantiles para, con paciencia y dinero, hacer entender a las criaturas que, por ejemplo, salir solos por esos mundos de dios podía acarrear pésimas consecuencias. Te comía una alimaña, te roía los huesos un extraño hambriento o, llegado el caso, el Sacamantecas hacía lo propio con los niños gordos (ahora, obesos).

    Entonces, y resumiendo mucho la charla estructuralista, los cuentos abreviaban el camino. A falta de un pedagogo, buena era una historia terrible de una bruja brutal, un lobo feroz o un hombre del saco. El chaval acababa con un trauma, eso sí, pero aprendía rápido a no salir de casa. También es cierto que los traumas de antes eran mucho más llevaderos que los de ahora. Y más baratos de curar. Y así, con el pasar del tiempo y de las facturas del colegio en psicólogos, surgió una duda: ¿Qué hacer con los cuentos que con tanto esmero recopilaron Grimm y su hermano (tanto monta)? Aquí los historiadores no se han puesto de acuerdo. No está claro cuándo esos personajes tan desagradables, machistas y salvajes de la literatura infantil empezaron, con ayuda de un pelotón bien formado de expertos educadores, a transformarse en los seres encantadores y políticamente correctos (algunos de ellos) que conocemos hoy. El caso es que, básicamente, se les domesticó.

    Toda este sermón a cuenta de ‘El origen de los guardianes’, la película con la que la sección animada de Dreamworks se despide de su asociación con Paramount (ahora se van con Fox). Basados en los libros de William Joyce, el filme se entretiene en ese juego metatextual (con perdón) que tan buenos resultados le diera en 'Shrek'. Eso sí, con una diferencia importante. En el caso del ogro viscoso y verde se trataba de hacer chistes de esos que no molestan a los niños y hacen que los padres se sientan inteligentes. Es decir, animación para todos los públicos y con un muy medido toque 'trash'. Que Pinocho lleve ropa interior de mujer (como lo hacía en una de las entregas) es algo que probablemente todavía agite los sueños de algún crío.
    Ahora, nada de eso. Todo es blanco, blanquísimo, dulce, dulcísimo. La historia encierra en una misma aventura contra un mal directamente importado de Harry Potter a, atentos, el Conejo de Pascua, Santa Claus, el Hada de los Dientes (el equivalente al Ratoncito Pérez de por aquí), Sandman (que vela por los sueños de los críos anglosajones) y el helado Jack Frost (al que aún le estamos buscando equivalente por estos pagos). Todos ellos unidos contra el Hombre del Saco, que quiere arrancar la ilusión de los niños, en una especie de liga de Vengadores para psicólogos infantiles en prácticas.

    La estrategia del director, el debutante Peter Ramsey, secundado por el guionista David Lindsay-Abaire ('Robots' o 'Rabbit Hole'), no es otra que jugar a mezclar referencias hasta crear el caldo de cultivo de una experiencia cinematográfica (llamémoslo así) confortable. Muy confortable. Es decir, lejos de su intención que un solo pedagogo del universo haga notar el más mínimo resquemor. Y así, y de la mano de un pirotécnico y jovial 3D, la sala de cine se transforma en una montaña rusa para niños que creen, claro está, en los Reyes Magos, unos personajes que ya sólo salen en el Belén. Y no en todos. No hay cromos del Burger King para ellos.

    En definitiva, no hay consenso sobre el momento preciso en el que se inventó la infancia. Bill Bryson, por ejemplo, discute en su último libro, 'En casa', la idea de que la niñez sea un invento reciente. Según la teoría refutada por el americano, antes no había niños. Como suena. Había adultos pequeños a los que se les trataba como tales. La razón que soporta esta tesis es que la mortalidad en edades tempranas era tan alta que resultaba 'económicamente' poco rentable encapricharse de unas criaturas que tenían por costumbre irse demasiado pronto. La sociología, a veces, es así de macabra.

    Bryson viene a decir que no; que pese a lo mal que se trataba a los críos en las novelas de Dickens, los padres lloraban, y mucho, cuando sus retoños se iban. Y eso ha sido así desde siempre. En cualquier caso, lo que sí es relativamente nuevo, y aquí Bryson baja la cabeza resignado, es la mística de la infancia. Es decir, esa creencia tan extendida según la cual un niño no es tanto un ser humano por formar sino la forma con la que determinados adultos 'se completan' o 'se realizan'. Pues bien, gracias a que la infancia ya está entre nosotros, para los críos y para los creyentes en su mística se inventaron cuentos como éste y películas como 'El origen de los Guardianes'. Y así las cosas, para volver a sentir interés por los dientes afilados de la supuesta abuela hay que esperar a la adolescencia. Pero eso es otra historia.

    Vía: www.elmundo.es
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